jueves, 21 de abril de 2011

hilito


Y con esto (creo) cierro mis crónicas sobre un mes en Nepal...

Un país donde su naturaleza y su cultura juegan un duro pulso a ver qué supera a qué en maravillas. Donde montañitas que superan al Teide en altitud ni merecen tener nombre. Donde, a cada paso, miles de escenas me provocaban otras tantas reflexiones. Donde hay detalles tan poéticos y simbólicos de amor a la madre Tierra y la basura se amontona en las orillas de los ríos.

Donde cada día no daba a basto para escribir y dibujar en mi diario las cosas que me sucedían. Resoplé pasando por encima de los 5.000 metros y resoplé aún más al bajar a altitudes repletas de senderistas. Me sorprendí con sus grandes contradicciones, rogué por la paz mundial, me reí con las acrobacias de los monos, envidié la claridad de tener un objetivo, disfruté con la posibilidad de la convivencia pacífica...

En definitiva, me sorprendí con las diferencias pero quizá incluso aún más con las coincidencias.

Y quizá por eso, el viaje me dejó para el último día una sorpresa final. Algo que me emocionó muchísimo, me pareció tan sorprendente, tan bello, tan metafórico...


Estábamos paseando por Patan, una ciudad muy cercana a Kathmandú, ya incluso unidas por el gran crecimiento urbano... Una ciudad que también es Patrimonio Mundial y que merece una visita... Ya se había hecho de noche y avanzábamos casi en completa oscuridad por los callejones durante uno de los frecuentes apagones... Y en la puerta de una casa, a la luz de un candil, una chica jugaba con un niño y un cordel. Me llamó mucho la atención lo que el juego se parecía al del "hilito" que mi abuela me enseñó cuando yo era pequeña. Les intenté explicar esto y les pedí que me enseñaran cómo se hacía y luego yo les intenté indicar cómo jugaba yo, pero me resultaba muy complicado por el problema del idioma.

Pero cuando estaba en ello, se nos acercó un hombre y se puso a jugar conmigo exactamente a la misma versión que yo conocía, las mismas figuras, los mismos movimientos... No sé si logro explicar mi emoción:

Estaba compartiendo con una persona un juego, una forma de comunicación común,
¡a más de 7.000 kilómetros de la Valencia donde lo aprendió mi abuela!



Realmente esto despertó mi curiosidad. He estado indagando por la red y aún me he sorprendido más. Resulta que hay juegos de este tipo repartidos por toda la orbe, diferentes versiones y estilos, hay webs que los recopilan... Y aunque no se sabe muy bien su origen, en algún sitio leí que el origen de su versión española estaba en oriente y que los griegos y los romanos ya lo conocían. ¡Agüita!

Yo, lo más lejos pero más parecido a mi versión familiar del juego del hilo, lo he encontrado en una casa de Patan y en este vídeo de unas niñas malayas.

No deja de parecerme una buena metáfora de que, por mucho que nos llamen la atención las diferencias, son más las cosas que los humanos, vivamos donde vivamos, tenemos en común. Que viajar es una buena manera de darnos cuenta de esto y de muchas otras cosas. Y que basta un poquito de buena fe para que las cosas nos vayan rodadas...


martes, 19 de abril de 2011

91


Ya solamente me quedan 91.

Y la verdad que este en concreto ha sido un descubrimiento. Me ha encantado el lenguaje sencillo con que retrata tan bella y profundamente los grandes sentimientos humanos: el perdón, la fe, la amistad, el rencor, el amor.

Su lenguaje sencillo es todo menos casual, se lo trabajó a lo largo de toda su vida. De hecho, según cuenta la traductora en el prólogo, Selma "quiso desmontar la densa fraseología prescrita por la norma masculina de su tiempo (principios del XX) y este empeño la acompañó hasta el final (...) A los setenta y tres años, publica su supuesto diario de adolescencia, aparentemente redactado por una niña (...) Muchos cayeron en la trampa, hasta hubo algún crítico que consideró que la Selma adolescente escribía mejor que la Selma monumento nacional, cosa que, dicen, divirtió sobremanera a la gran dama de las letras."

El libro novela la historia verídica de un grupo de campesinos suecos que se marcharon a vivir según sus creencias a Jerusalén.

Partiendo de ahí, no puede menos que interesarme esta historia, pues Jerusalén es una de esas ciudades símbolo de la humanidad, y que espero algún día poder visitar.

domingo, 17 de abril de 2011

Pashupatinah


Exprimiendo nuestros dos últimos días en el país, al salir de la puja cogimos un taxi para irnos a Pashupatinah, el templo hindú más importante de Kathmandú. A la entrada, puestos vendiendo todo tipo de utensilios y ofrendas. Había "babas" de pego, con grandes rastas, el torso desnudo y pintado, que te buscaban para cobrarte por sacarles una foto. Había una zona para los turistas curiosos y otra donde solo podían entrar los hindúes, al otro lado del río sagrado, donde tenían lugar las cremaciones.


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Yo ya sabía lo que me iba a encontrar, pero, por un par de segundos al entrar, se me fue el santo al cielo y pensé que cerca debía haber una barbacoa... Les advierto que a algunos les pueden parecer desagradables las siguientes imágenes:


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Sin embargo, a mí lo que me pareció más impactante fue un par de personas que estaban removiendo y buceando en el lecho del río. Un río vertedero, donde no solo tiran las cenizas sino que sus orillas están llenas de basuras y a donde vierten las cloacas de los barrios vecinos. No sé qué hacían esas personas allí, pero mi teoría es que buscaban las joyas de los difuntos vertidas al caudal junto con las cenizas...

Subimos unas escalinatas hacia la parte alta de la colina llena de pequeños templos. Aquí, aunque no tantos, también había monos como en Swayambunath. Había puestos de cacahuetes y compramos unos pocos. Entonces, los monos comenzaron a acercársenos a pedirnos con muy poca educación. Un macho se me acercó mucho y le grité ¡No!, entonces me agarró del pantalón, me enseñó sus inmensos colmillos y me soltó un insulto.

Realmente me asusté, porque en la guía ponía que podían morder ya que algunos tienen la rabia. Pero bueno, otro ¡No! más fuerte y le debí de convencer de que no estaba por la labor de regalarle mis cacahuetes.

Bajamos por otra escalinata y pasamos por una zona vallada donde había ciervos y...


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martes, 12 de abril de 2011

De puja


Ya el viaje iba tocando a su fin, y no queríamos marcharnos sin asistir a una puja en algún monasterio. Lo habíamos intentado un par de veces pero no habíamos podido. En un templo de Kathmandú nos dijeron que tenían puja a las 9 de la mañana.

9... 9 y cuarto... 9 y 20... y aquello no tenía pinta de puja por ningún lado. Les preguntábamos y nos contestaban riendo que la puja era a las 9 ((((estos europeos estresados, obsesionados con la hora, pensarían para sus adentros)))

A las 9 y media bien pasadas uno de los niños hizo sonar un platillo grande y los monjes fueron entrando poco a poco al interior del templo.

Nos asomamos a la puerta con cara de querer entrar y esperamos a que nos invitaran, tal y como indicaba en la guía que era el modo de comportarse. Enseguida nos sonrieron y nos hicieron señas de entrar y sentarnos, dejando los zapatos por fuera.

Y empezó la puja. Es difícil de describir aquello, era un coro desordenado, un caos de voces, pero que al final creaban una armonía y resonaba por dentro. Aquello tenía una lógica, de vez en cuando, la voz de un monje sobresalía del resto y luego se volvía a hundir en la comunidad. A ratos, instrumentos de viento y tambores daban un toque aún más disonante. Pero al final, todo cuadraba, todo cobraba sentido.


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Y la puja seguía y seguía. Sin que la oración parase, un niño sirvió té, empezando por los más mayores, que estaban más cerca del altar y siguiendo hacia los más jóvenes.


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Algunos cuchicheaban entre ellos a ratos, alguno que otro salió de la estancia, dándole un aspecto bastante informal a la ceremonia, pero el cántico no perdía su efecto global. Algunos seguían la oración con sus manos, una vez tras otra, movimientos repetitivos, hipnotizantes.

Los monjes más pequeños ya se aburrían un poco y necesitaban moverse.

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Cuando ya llevábamos una hora y pico decidimos que ya teníamos puja suficiente y salimos del templo lo más discretamente posible.


domingo, 3 de abril de 2011

convivencia


- Where are you from?
- Spain
- Where?
- Spain, in Europe.
- Sorry, only Budist and Hinduist can come in.
- Well, in Spain there are Budist and Hinduist people.
- Are you?
- No, I am not.
- Sorry but you can´t come in.

¿Y si le hubiera dicho que sí me hubiera dejado entrar, así sin más? ¿O me hubiera hecho un test para confirmar mis creencias? Bueno, el caso es que me quedé con las ganas de acercarme a un Buda yaciente o un Vishnu dormido, (según para quién) precioso, tallado en un solo bloque de piedra negra, que nos encontramos al bajar de Shivapuri. Allí hacían cola budistas e hinduistas, cada uno para presentar sus respetos a una u otra deidad, en tranquila convivencia.

Tampoco dejaban sacar fotos, así que pongo el enlace a esta, que refleja bastante el ambiente de aquel día.