Ahora entiendo. Por qué vine hasta esta isla a la que nunca ¿nunca? antes había oído nombrar. Por qué recorrí con ansia su cumbre desolada, abrí viejos arañazos con nuevas ramas, por qué me quité el calzado y dejé restos de mi piel en los recovecos de su alma de roca. Ahora sé. Por qué sé de estos roques y paredes.

Conozco el pliegue donde poner cada mano, cómo colocar el pie, para seguir subiendo, para pasar por muros caídos con ecos lejanos de mujeres, de niños morenos. Ahora veo. El paisaje que llevo años soñando. El desierto de roca. Inmenso. Eterno.

Ahora entiendo. Por qué conozco automáticamente el camino hasta esta cueva, de diminuta entrada, de telarañas, por qué me estremezco al arrastrarme y adivinar un bulto olvidado en la matriz de lava. Trozos de cerámica esparcidos, viejas cuentas de collar derramadas, unas tablas de tea incorruptibles. Sobre ellas, un ovillo raído de piel de cabra. Ahora sé. Allí, bajo la capa de seis siglos de polvo, con viejos huesos, con ojos vacíos, con dientes caídos, me reconozco.
