domingo, 5 de septiembre de 2010

conexión


Un día tras otro, yo paso a la misma hora en el mismo tranvía. Intento sentarme en el mismo asiento para que me localices fácilmente. A veces está ocupado, a veces tengo que ir de pie. Tú siempre ahí en la misma parada. Al principio me extrañaba que no cogieras el tranvía. ¿Qué hacías entonces ahí cada día? Mirarme y sonreirme. Día tras día. Empecé a fantasear con que la causa de que estuvieras siempre en la parada para no tomar el tranvía era simplemente, o maravillosamente, para verme, para sonreírme. Para que yo te vea, para que te sonría.


Un día no estabas. Ese día me faltó algo. Un día llegaste corriendo justo cuando el tranvía arrancaba y no pudiste evitar levantar la mano para saludarme mientras yo me alejaba y mi corazón se aceleró como el de una quinceañera. ¿Cuánto llevamos así? A mí me parece que toda la vida. Tantas veces he pensado en bajarme yo y acercarme, atravesar el cristal que siempre nos separa y nunca me he atrevido. Y hoy por fin los dioses griegos, el dios justiciero o el azar travieso, hacen que nos encontremos en un bar ¿y no me reconoces?

4 comentarios:

Belén dijo...

Es cierto que muchas veces hacemos las cosas para los demás, sabiéndolo o sin saber...

Besicos

Bernardo José Mora dijo...

Yo tengo un final alternativo: el tipo entra en el bar cogido de la mano del conductor del tranvía.
Pero, bueno, el tuyo me gusta más.

la granota dijo...

El tuyo me gusta, Bejota. El mío es muy abierto. En el mío cabe el tuyo. ;)

Pekas dijo...

Una vez me sucedió algo parecido.. la vi varias veces en el metro.. cruzamos las miradas en más de una ocasión...nos enocntramos una noche en la calle... y fuimos incapaces de decirnos nada...

Decisiones.. cada día.. aguién pierde alguién gana, ciudadanía..
;-))) ( Rubén Blades )