martes, 1 de marzo de 2011

indigente por 40 minutos





















Casi al final de una preciosa caminata por las medianías altas del sur de la isla -disfrutando de lo verde que se ponen las zonas áridas de nada que le caen unas gotas- paramos a tomar algo en una enorme casa de comidas por encima del pueblo que era nuestro final de ruta.

Como había llevado a parte de mi jauría al pateo, no pude entrar al restaurante, así que esperé por fuera a que el grupo comiera. Me senté en el aparcamiento, en una acera, en el suelo, a la sombrita.

Dio la casualidad que la ventana que había a mi lado daba justo a la mesa donde comían mis amigos, así que me sacaron un par de platos de garbanzas y escaldón de gofio para que comiera algo.

No sé si se imaginarán la escena. Una chica, algo sucia, sudada y despeinada, sentada en el suelo, con dos chuchos y una mochila a su lado, comiendo de un plato que alguien le había ofrecido por lástima a través de la ventana... ¿Me ven? Pues ya pueden ver entonces también la cara con la que me miraban todos los que pasaban por el aparcamiento. Toda una experiencia.

5 comentarios:

Franki dijo...

Me lo puedo imaginar... son imágenes que me resultan familiares.:-)
Un beso

Belén dijo...

MIentras no te tiren monedas...:P

Besicos

Bernardo José Mora dijo...

Me ha gustado eso de "chica".

volare dijo...

Hola! Tiempo sin pasar por aquí, me tengo que poner al día con los post de tu viaje!

Es una buena experiencia indigente :)
Ya que estamos te resumo la mía: como tenía unos vecinos un poco "sensibles", salí a un rincón precioso y bastante solitario de mi ciudad a tocar la guitarra un ratito sin que me molestaran. La sorpresa fue cuando algunas de las personas que pasaban me tiraron monedas a la funda de la guitarra... Y ahora dirás que seguro que toco de maravilla...pues no, toco fatal, así que estoy segura de que me echaron monedas más por lastimita que por talento :D

Pep dijo...

"Este niño enclenque siempre pasaba hambre, pero nunca se unió a los alborotadores pilluelos del pueblo que, pese a las advertencias de sus padres, iban a jugar al campo y al bosque y siempre terminaban hallando algo que llevarse al estómago."


El libro de los padres.
Miklós Vámos
Lumen Narrativa


Saluz