Y con esto (creo) cierro mis crónicas sobre un mes en Nepal...
Un país donde su naturaleza y su cultura juegan un duro pulso a ver qué supera a qué en maravillas. Donde montañitas que superan al Teide en altitud ni merecen tener nombre. Donde, a cada paso, miles de escenas me provocaban otras tantas reflexiones. Donde hay detalles tan poéticos y simbólicos de amor a la madre Tierra y la basura se amontona en las orillas de los ríos.
Donde cada día no daba a basto para escribir y dibujar en mi diario las cosas que me sucedían. Resoplé pasando por encima de los 5.000 metros y resoplé aún más al bajar a altitudes repletas de senderistas. Me sorprendí con sus grandes contradicciones, rogué por la paz mundial, me reí con las acrobacias de los monos, envidié la claridad de tener un objetivo, disfruté con la posibilidad de la convivencia pacífica...
Y quizá por eso, el viaje me dejó para el último día una sorpresa final. Algo que me emocionó muchísimo, me pareció tan sorprendente, tan bello, tan metafórico...
Estábamos paseando por Patan, una ciudad muy cercana a Kathmandú, ya incluso unidas por el gran crecimiento urbano... Una ciudad que también es Patrimonio Mundial y que merece una visita... Ya se había hecho de noche y avanzábamos casi en completa oscuridad por los callejones durante uno de los frecuentes apagones... Y en la puerta de una casa, a la luz de un candil, una chica jugaba con un niño y un cordel. Me llamó mucho la atención lo que el juego se parecía al del "hilito" que mi abuela me enseñó cuando yo era pequeña. Les intenté explicar esto y les pedí que me enseñaran cómo se hacía y luego yo les intenté indicar cómo jugaba yo, pero me resultaba muy complicado por el problema del idioma.
Pero cuando estaba en ello, se nos acercó un hombre y se puso a jugar conmigo exactamente a la misma versión que yo conocía, las mismas figuras, los mismos movimientos... No sé si logro explicar mi emoción:
Estaba compartiendo con una persona un juego, una forma de comunicación común,
¡a más de 7.000 kilómetros de la Valencia donde lo aprendió mi abuela!

Realmente esto despertó mi curiosidad. He estado indagando por la red y aún me he sorprendido más. Resulta que hay juegos de este tipo repartidos por toda la orbe, diferentes versiones y estilos, hay webs que los recopilan... Y aunque no se sabe muy bien su origen, en algún sitio leí que el origen de su versión española estaba en oriente y que los griegos y los romanos ya lo conocían. ¡Agüita!
Yo, lo más lejos pero más parecido a mi versión familiar del juego del hilo, lo he encontrado en una casa de Patan y en este vídeo de unas niñas malayas.
No deja de parecerme una buena metáfora de que, por mucho que nos llamen la atención las diferencias, son más las cosas que los humanos, vivamos donde vivamos, tenemos en común. Que viajar es una buena manera de darnos cuenta de esto y de muchas otras cosas. Y que basta un poquito de buena fe para que las cosas nos vayan rodadas...
